Otra visión de la Independencia y la redefinición de la patria. 🧠 🔥
Otra visión de la Independencia y la redefinición de la patria. 🧠 🔥
Por Joaquín Alejandro Vargas Ríos.
vargasriosjoaquinalejandro@gmail.com
En fechas recientes se conmemoró un nuevo aniversario de la proclamación de la Independencia del Perú, mi país. Este acontecimiento, exaltado sin mayor cuestionamiento por la narrativa oficial del Estado, requiere una reconsideración crítica desde un enfoque que desborde los límites del discurso tradicional. Como peruano, considero imprescindible abordar este proceso desde una perspectiva humanista y libertaria, con el fin de cuestionar su legitimidad, propósito y consecuencias estructurales.
Lejos de representar un acto genuino de autodeterminación popular, la independencia de mi país fue, en gran medida, el resultado de una intervención externa encabezada por caudillos como San Martín y Bolívar. Estos actores, bajo una visión elitista del cambio social, impusieron una ruptura política que no emergió de un proceso propio del pueblo peruano, sino de intereses estratégicos externos. Esta imposición, disfrazada de liberación, trajo consigo una serie de disfunciones institucionales que, a mi juicio, siguen marcando el desarrollo histórico del Perú.
El caso peruano se erige como un paradigma dentro del contexto de las independencias hispanoamericanas. Como primer virreinato instituido y último en alcanzar formalmente su independencia, el Perú albergaba una estructura político-administrativa sólida bajo el dominio colonial. Esta institucionalidad, sumada a una sociedad con una marcada impronta conservadora y una profunda dependencia del aparato estatal virreinal, obstaculizó la emergencia de un patriotismo orgánico y transversal. San Martín intentó forjar este sentimiento desde las élites criollas, promoviendo un modelo republicano que, sin embargo, fracasó debido a su impopularidad y a la inestabilidad estructural. Sería Bolívar quien, mediante el uso de la fuerza y el respaldo de sectores criollos que obtenían favores políticos, consolidó un orden autoritario cuya legitimidad también fue transitoria.
Mientras las élites criollas y los caudillos obtenían beneficios del proceso, los sectores populares —principalmente indígenas y mestizos— mostraron un distanciamiento manifiesto de las propuestas independentistas, las cuales eran vistas como ajenas a sus verdaderas necesidades. Para estos sectores, las demandas eran mayoritariamente de carácter reformista y no necesariamente emancipadoras. En el caso de las rebeliones populares, como la de Túcpac Amaru II, se evidencia claramente esta perspectiva. Desde su posición de curaca (noble indígena reconocido por el gobierno español), Túcpac Amaru II propuso reformas puntuales tanto contra ciertos aspectos de las reformas borbónicas —como la abolición de aduanas— como la eliminación de abusos por parte de corregidores y una mejora en el trato hacia los indígenas, siempre con un discurso reformista durante las primeras etapas de su revolución, evidenciado en que nunca se planteó una independencia del Perú, aunque sí se contemplaba una recuperación del antiguo Tahuantinsuyo como orden político. Sus misivas al rey Carlos IV, en las que expresa lealtad a la Corona española, desmontan el mito del precursor independentista que el discurso del dictador Juan Velasco Alvarado, vigente hasta hoy, intenta construir.
A la par, las conspiraciones por la independencia provenientes de sectores criollos no fueron nunca unánimes ni masivas; estaban profundamente divididas. Este dato es crucial para entender que el llamado sentimiento patriótico de la época era, en el mejor de los casos, fragmentario.
En el plano militar, la independencia dejó un saldo de aproximadamente cincuenta mil muertos, una cifra que refleja el altísimo costo humano de un conflicto librado por ambiciones de poder entre caudillos, tanto realistas como patriotas. En lo político, se consolidó una narrativa deshumanizante basada en ideales artificiales creados a posteriori, que sirvieron como base para un sistema de propaganda estatal que perdura hasta nuestros días. Esta narrativa tergiversa la historia con el fin de justificar la existencia del Estado moderno, el cual, por su naturaleza impuesta y artificial, se sustenta en paradigmas nocivos que favorecen intereses nacionalistas, a menudo en contradicción con formas más auténticas de emancipación popular.
Es imperativo, por tanto, repensar el concepto de "patria" en el marco de los Estados modernos. La "patria peruana" actual es una construcción artificial producto del adoctrinamiento estatal y de una manipulación histórica sistemática. Como peruano, me siento convocado a optar entre rechazar por completo esta idea de patria, como plantea Manuel González Prada en sus escritos anarquistas, o en todo caso optar por una alternativa más "tibia" que es resignificarla desde su raíz: permitir que el sentido de pertenencia emerja de forma natural, espontánea y voluntaria, sin imposiciones ideológicas, ni colectivismos forzados y mucho menos con mentiras históricas.
La independencia de mi país, en este marco, no debe ser entendida como un proceso liberador, sino como un conflicto de élites en el que el pueblo fue instrumentalizado como carne de cañón. Esta comprensión crítica nos permite hacer analogías con el resto de América Latina y construir un nuevo discurso patriótico desde el ideal libertario: uno que reconozca el derecho a la secesión, la autodeterminación y la pertenencia no como actos impuestos, sino como decisiones individuales insertas en colectivos voluntarios. Así podemos ver cómo se complementa y cumple la idea de la secesión de Hans Hermann Hoppe en nuestra realidad cercana.
En este sentido, cabe subrayar que no defiendo la permanencia del Perú como colonia de España. Mi crítica no se dirige a la idea de la emancipación en sí, sino a la forma artificial y forzada en que esta se concretó. El Perú actual es producto de una república impuesta, construida sobre intereses ajenos y liderada por caudillos que poco o nada tenían que ver con nuestra realidad social e histórica. Esta imposición truncó lo que pudo haber sido un desarrollo orgánico de nuestra autonomía nacional. Incluso la misma unidad territorial y simbólica del Perú podría ser vista como una construcción artificial. Desde una óptica libertaria basada en el derecho de propiedad individual, cabe considerar que distintas regiones podrían, si así lo decidiesen sus habitantes, ejercer su derecho a la secesión como acto de autodeterminación legítima.
Solo redefiniendo la patria bajo estos principios podremos replantear la existencia del Estado moderno. Esto implica transitar desde una percepción colectivista, autoritaria y nacionalista hacia una concepción individualista, libre y voluntaria, basada en el respeto irrestricto a la voluntad subjetiva del ser humano y al sentido de pertenencia natural de cada individuo, con esa redefinición necesaria podemos complementarlo la propuesta de la secesión como camino al anarcocapitalismo de Hoppe, haciendo que nos aproximemos aún más a la libertad universal, pero para ello es necesaria la perenigración y desarrollo de dicha idea. La historia del Perú, plagada de artificios e imposturas, es tal vez el ejemplo más paradigmático de esta necesidad de transición ideológica.
En conclusión, la Independencia del Perú no debe ser glorificada como un hito emancipador, sino comprendida como el origen de una ficción histórica que sostiene a un Estado artificial, idólatra y deshumanizante, en donde constantemente gobiernos de turno y políticos ajenos a las necesidades reales de la población usan este evento para poder ensalzar intereses personales, es decir, que este accionar elitista e interesado se viene elaborando desde los inicios de la república peruana y ha perdurado hasta la actualidad bajo este falaz discurso patriótico. Por lo tanto, es tarea del pensamiento libertario rescatar el concepto de patria del secuestro ideológico al que ha sido sometido y redefinirlo en una nueva concepción moral patriótica en donde esta está compuesta por la voluntad individual de pertenencia y libertad.
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