El Liberalismo no es Libertario 🏛️💣⛓️

Por Zezar Ynekenk.  

El liberalismo se presenta a sí mismo como el antídoto contra el poder absoluto, como la filosofía de la libertad frente al despotismo. Sin embargo, esa imagen es profundamente engañosa. El problema del liberalismo no es que haya fracasado en contener al Estado: el problema es que metodológicamente y epistemológicamente está diseñado para justificarlo.

El liberalismo no es la antesala del libertarismo. Es su desviación. No es un camino incompleto hacia la libertad, sino una teoría que, desde su método, acepta la dominación política como legítima, siempre que se administre con modales, constituciones y procedimientos.

La crítica libertaria al liberalismo no es moralista ni emocional. Es lógica, metodológica y epistemológica. Y precisamente por eso es devastadora.

El liberalismo no pregunta si el poder es legítimo, sino si es útil.

El liberalismo parte de una epistemología empírica y pragmática. Evalúa las instituciones políticas según sus resultados: estabilidad, crecimiento, orden, gobernabilidad. El Estado no es analizado como una contradicción racional, sino como una herramienta que puede ser “mejor o peor utilizada”.

Este enfoque comete un error fatal: confunde funcionamiento con legitimidad.

Para el liberalismo, si el Estado “funciona”, si produce ciertos beneficios observables, entonces puede justificarse. Para el libertarismo, en cambio, la pregunta es anterior y más profunda:
¿puede una institución que se financia mediante coerción ser moralmente válida?

El liberalismo nunca responde esta pregunta, porque su marco epistemológico no se lo permite. Su conocimiento es inductivo, experimental, contingente. Por eso siempre termina discutiendo cuánto Estado, qué tipo de impuestos, qué regulación mínima. Nunca discute el principio mismo.

El libertarismo, en cambio, parte de verdades apriorísticas sobre la acción humana: que los individuos actúan, que la coerción contradice la acción voluntaria, que la propiedad es una condición lógica de toda acción. Desde ahí, el Estado no es un “mal necesario”, sino una imposibilidad ética y racional.

El liberalismo diseña jaulas, no rompe cadenas.

Metodológicamente, el liberalismo es institucionalista. Cree que el problema del poder no es su existencia, sino su mala arquitectura. Por eso propone constituciones, separación de poderes, contrapesos, elecciones, tribunales. Todo su esfuerzo intelectual está orientado a organizar el monopolio de la violencia, no a cuestionarlo.

Este método es profundamente constructivista: asume que la sociedad necesita un árbitro final y que ese árbitro debe ser diseñado, regulado y legitimado.

El libertarismo, en cambio, es radicalmente individualista y praxeológico. No diseña instituciones políticas, porque demuestra que toda institución coercitiva es inválida desde su origen. No busca limitar el poder; demuestra que el poder político no puede existir sin violar principios racionales básicos. Por eso el liberalismo siempre termina administrando el Estado, mientras el libertarismo lo niega por completo.

El liberalismo es la ideología funcional del Estado.

Dado su método y su epistemología, el liberalismo está condenado a un destino inevitable: ser absorbido por el poder político. Cada crisis amplía el Estado “de forma excepcional”. Cada emergencia justifica nuevos impuestos “temporales”. Cada fallo institucional se corrige con más regulación. El liberalismo no tiene herramientas teóricas para decir “no”. Solo puede decir “un poco menos” o “de forma más eficiente”.

El libertarismo, en cambio, sí puede decir no, porque no depende de resultados empíricos ni de consensos políticos. Su rechazo al Estado no es estratégico, es lógico. No es gradual, es categórico. Por eso el liberalismo es siempre compatible con el poder, y el libertarismo es siempre perseguido por él.

Podemos concluir entonces que el liberalismo no es el enemigo del socialismo: es su antesala ordenada. Ambos comparten una premisa fatal: que existe una autoridad legítima por encima del individuo. La diferencia es solo de grado, no de naturaleza.

Desde el marco metodológico y epistemológico, el liberalismo fracasa porque nunca abandona la lógica del poder, solo intenta civilizarla. El libertarismo, en cambio, rompe con esa lógica desde la raíz.

No se trata de tener un Estado más pequeño, más transparente o más eficiente.
Se trata de entender que ningún Estado puede ser legítimo, porque su existencia contradice los principios mismos de la acción humana, la propiedad y la razón. El liberalismo gestiona la dominación. El libertarismo se opone. Y esa no es una diferencia política. Es una diferencia filosófica irreconciliable.

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